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Thursday, September 25, 2025
Edición: Juan D’Jiménez Pulido
Texto original de: Soy de Peñón Blanco (SDPB)
Las veces que íbamos mi papá y yo hasta El ojo de agua, salíamos temprano, cuando apenas comenzaba a aclarar el cielo y el rocío brillaba en los pajonales.
Atravesábamos el chaparral siguiendo veredas apenas insinuadas, marcadas por los pasos de otras gentes, o tal vez por animales que iban a lo mismo: a buscar agua.
De regreso, siempre juntábamos algo de leña pa’ llevarle a mi mamá.
Mi papá decía que nunca hay que volver a la casa con las manos vacías.
En una de esas veces fue cuando nos salió una víbora. Grande.
De esas de cascabel que no se espantan con nada.
Mi papá le soltó un leñazo en seco y luego entre los dos la acabamos de rematar.
La terciamos sobre el burro, como quien carga un lazo enrollado, y le seguimos.
Yo tenía esa curiosidad que da la niñez, medio temeraria.
Ya en la casa, me puse a revisarle los colmillos.
Dos ganchitos bien afilados, huecos por dentro.
No sé por qué, pero me dieron ganas de quitárselos.
Se los arranqué con la navaja y los guardé en una cajita de cerillos vacía.
Desde entonces la traía en la bolsa de la camisa.
Me gustaba sentirla ahí, cuadrada y liviana, como si llevara un buen amuleto.
Pero a los pocos días empezamos a notar cosas raras.
Por dondequiera que pasábamos, nos salían víboras.
Cascabeles que sonaban de repente, como sonajitas tesoneras.
A veces las veíamos cruzar la vereda.
Otras, las sentíamos cerca aunque no se dejaran ver.
Mi papá se paró un día y dijo
— ¿Pos ora qué traerán éstas? como que ya fue mucho…
…parece que nos anduvieran siguiendo.
Entonces tuve que decirle. Le conté lo de los colmillos y la cajita.
Me miró con el ceño arrugado y dijo - Es mejor que tires eso, no juegues con cosas que tienen dueño, un día de estos te pueden fregar.
Yo no dije nada.
Caminamos hasta un claro entre nopales duraznillos. Saqué la cajita. La tuve en la mano un buen rato. Pensé en tirarla, como me dijo. Pero no lo hice. En vez de eso, la volví a guardar en la bolsa, como si llevara un secreto que era mío, y de nadie más.
Mi papá solo me miró, como sabiendo que no obedecería. —Nomás no te quejes si te vienen a buscar —dijo, y se fue delante de mí, sin voltear.
Desde entonces las víboras no dejaron de aparecer. A veces soñaba con ellas: enroscadas a mis pies, dormidas debajo del sarape, o trepadas al techo, chasqueando con su cascabel como si cantaran. Y una vez, vi una allí en una peña del ojo de agua, mirándome con ojos que no parecían de animal. Todavía traigo aquí esa cajita. Está vieja, desgastada. Pero los colmillos siguen ahí, secos, huecos, esperando. Y a veces, cuando el viento sopla entre el chaparral, oigo el cascabeleo. No cerca. No lejos. Nomás ahí… como si aguardaran un descuido.
Narrativa: Soy de Peñón Blanco
Imágenes: ChatGPT
Edición: JDJP
Fin
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